[SPOILER WARNING! Ni se te ocurra leer si no has visto la 2ª temporada de Dexter]
Estoy dándole vueltas a la segunda temporada de Dexter. Con la primera, con la serie y el personaje en sí, no tengo ninguna duda. Una genialidad, de lo mejor que he visto en mucho tiempo. Con la segunda he tenido momentos de auténtico amor/odio por culpa de esta mujer.

Lila tiene nombre de canción mala de Oasis y complejo de Marla Singer. Su personaje se nos presenta un tanto traído por los pelos al principio (de hecho parece que va a ser una potencial víctima rápida y punto) pero pronto se convierte en esencial para el desarrollo de los acontecimientos. El problema es que es tan irritante, con esa pose de artista-torturada-por-la-vida, que estás deseando que Dexter la estrangule casi desde su primera aparición. Amor/odio, como digo, porque es tan insoportable como imprescindible para hacer avanzar la trama. He sufrido viendo a Dexter actuar como un pelele en sus manos, y eso me ha dolido porque si hay una serie que necesita pivotar alrededor de un personaje principal, es ésta. Y verle hacer el idiota…
Sin embargo no puede hablarse de guionistas descuidados o decisiones equivocadas. Lila es así porque tiene que ser así. Porque es necesario que sea así. Era muy complicado continuar la serie con coherencia porque la primera temporada, perfectamente hermética, funcionó por manejar bien dos conceptos: 1 - La búsqueda de un asesino en serie, 2 – La afinidad de Dexter con alguien que “pertenece a su mundo” y que le va a permitir comprender quién es. ¿Qué podemos contar ahora? Lo más lógico era jugar un poco con ese mismo esquema que tan buenos resultados dio.
El tema del asesino en serie está solucionado desde el principio. El propio Dexter va a ser víctima de la trama policial, pasando de perseguidor a perseguido. Aunque esta es, posiblemente, la idea más brillante que plantea esta temporada (trasladar el enfoque de la investigación del cuerpo de policía a la mente del asesino) no hubiera funcionado por sí sola. Porque el mayor interés de esta serie es descubrir detalles de su protagonista, de sus motivaciones e inquietudes, aún a riesgo de que terminemos conociéndolo/comprendiéndolo demasiado y perdamos ese interés. Por tanto, para que todo funcione otra vez, se repite el mismo esquema: 1 – La búsqueda de un asesino en serie y 2 – La conexión de Dexter con alguien que “pertenece a su mundo”.
Y ahí entra Lila. No sé si el guiño a El Club de la Lucha me hace gracia o me parece una estupidez (al final es más peligroso ir a grupos de rehabilitación en EE.UU que la propia adicción en sí…) pero hay que reconocer que la chica hace bien su cometido, entrometiéndose en la vida de Dexter hasta sus últimas consecuencias. De hecho, si vemos el desarrollo de los capítulos antes de que ella aparezca podemos llegar a la conclusión de que… ¡se ha entrometido en la propia serie! Parasita al protagonista principal de tal manera que sólo parece obedecer sus órdenes y actuar bajo sus hilos. ¡Ha secuestrado la trama! Menos mal que cuando Dexter empieza a darse cuenta de que está tocando fondo (quizá hasta de que ya no es el protagonista de su propia serie), Lila se rebela como lo que es: una vampiresa emocional que ha tomado el control. De Dexter, de la serie, de nosotros mismos pobres espectadores, de todo…
Por eso el final vuelve a ser tan perfecto. Por eso el nuevo y renacido Dexter es consciente ahora más que nunca de quién es. De por qué hace lo que hace. De la verdadera importancia que tienen Rita y los niños en su vida. De su responsabilidad como hermano mayor. De su lugar en el mundo. Y todo gracias a/por culpa de Lila, una manzana podrida que, sí, contaminó a todas las del cesto. Pero sin la que nada habría tenido sentido.
Tan fascinante como personaje, como placentera y liberadora resulta su ejecución.